Dolido por la infidelidad de su esposa, un vengativo sultán decide matar cada día a una mujer, después de haber dormido con ella. Cuando le llega el turno a Sahrazade, esta trama un plan: cautiva la atención del rey una noche tras otra contándole historias. Así, logra salvar su vida y enamorar locamente al rey.
Continuación de "Abdula"
Abdula se quedó ciego. Su amigo ya le había
advertido de que si se la ponía en el ojo derecho perdería su vista. En ese instante,
Abdula le pidió que le ayudara a volver
a tener vista. El amigo dijo que ni hablar pero al cabo de unos días pensó que
podía reflexionar. Solo una flor que crecía en el extremo del mundo podía
curarlo.
El derviche se sentía culpable de
la ceguera de su amigo así que emprendieron la marcha al único lugar donde se
encontraba la medicina: en el Polo Norte. Durante el viaje perdieron mucha
fuerza, se debilitaron tanto que el mismo derviche también perdió la vista; no consiguieron encontrar la flor y pasaron el
resto de sus días vagando por las frías tierras polares. PAULA IGLESIAS
Continuación de" El rey de Israel"
Desde el día que el rey de
Israel murió, todos sus súbditos fueron
buenos e hicieron solo buenas obras.
El rey no podía estar más
arrepentido de lo malo que había sido cuando aún tenía vida. Ahora se
encontraba en el Infierno, sirviendo a Satanás. Entonces se dio cuenta de lo
que sufrían los súbditos al tener que obedecer a alguien tan perverso.
Un día que le estaba llevando la
comida a Satanás, vio que se había confundido de vino – Satanás era muy caprichoso-
, pero como no quedaban otras botellas, le llevó la que había escogido. Satanás
se enfadó tanto que mandó llevar al rey
de Israel a la peor sala de torturas del Infierno. En esa sala se pasó medio
año sin comer y sin agua. La sala era
muy estrecha, con muchos pinchos en las
paredes, de manera que solo podía estar de pie,
sin moverse ni un milímetro.
En el Infierno, aunque ya estés
muerto te pueden torturar y hacerte sufrir como si tuvieras vida; pero nunca puedes volver a morir. Así los
castigos son eternos. AIDA MUÑOZ